El perfecto amor echa afuera el temor

Pra. Margarita Reitter

Todos tenemos días diferentes; algunos son brillantes y llenos de sol, mientras que otros se sienten grises y tormentosos. Sin embargo, hay una verdad inmutable que sostiene nuestra fe: Dios siempre está. No importa cómo esté el día exteriormente o cómo se encuentre nuestro panorama interior, Su fidelidad no cambia. Hoy le damos gracias al Señor por concedernos este momento para detenernos, respirar y buscarle juntos.

Te invito a que reflexiones conmigo en el libro de Génesis 3:8:

“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”.

El origen del temor: La separación

En este pasaje descubrimos una gran verdad espiritual: el temor se inicia cuando nos separamos de Dios. Cuando le fallamos, el pecado abre una brecha y el miedo entra de inmediato a nuestras vidas. Ese tipo de errores y desobediencias dañan nuestra comunión con el Padre, y lo primero que tendemos a hacer —al igual que Adán y Eva— es escondernos.

El temor es un enemigo silencioso que empieza a limitar nuestras capacidades. Como nos recuerda Proverbios 29:25, el temor al hombre o a las circunstancias nos pone un lazo, una trampa. Nos lleva a desperdiciar oportunidades bendecidas, apaga nuestra fe y nos arrastra a pensar que todo es negativo o imposible. El miedo nubla nuestra visión y nos hace olvidar quién está de nuestro lado.

¿Cuál es la solución ante esto? La respuesta es simple pero profunda: volver a confiar en Dios.

¿Cómo restauramos Su presencia en nuestra vida?

Para romper las cadenas del temor, necesitamos activar tres pasos fundamentales en nuestro caminar diario:

  1. Recibir y mantener a Jesús en el corazón: La comunión se restaura cuando abrimos la puerta de nuestra vida al Señor cada día y confirmamos el regalo de la salvación.
  2. Aceptar Su realidad actual: Debemos abrazar con convicción el hecho de que ahora Jesús está con nosotros. No es un Dios lejano; es un Dios presente.
  3. Recordar Su promesa: En Hebreos 13:6 se nos alienta a decir con confianza: «El Señor es mi ayudador; no temeré». La sola presencia de Dios en nosotros ahuyenta por completo el temor.

La Palabra de Dios nos enseña que el perfecto amor echa fuera el temor. Su presencia no solo nos consuela, sino que nos infunde fuerzas frescas, valor, fe y disciplina para gobernar todo pensamiento negativo.

Una misión compartida y una promesa eterna

Cuando vemos a un hermano, a un amigo o a un familiar batallando con el temor, nuestra misión como cuerpo de Cristo es alentarlo. Debemos ayudarnos mutuamente a no dejarnos dominar por los pensamientos negativos, porque esos pensamientos debilitan nuestra percepción de la presencia de Dios.

Hoy te animo a no esconderte de nada y a no tener temor por nada. No importa el gigante que tengas enfrente o el camino que debas recorrer: Dios está contigo a dondequiera que vayas. Él siempre tiene cuidado de ti. Él camina delante de ti abriendo sendas, rompiendo barreras y guardándote de todas las asechanzas del enemigo.

Génesis 3:8

Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.

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