Las plagas en Egipto – Clase 9
Éxodo – Bitácoras
Pastor Luis Herrera G.
Hoy completamos la serie. Ya vimos la sangre, las ranas, las moscas, la peste del ganado y las úlceras. Nos quedan cuatro plagas para llegar a las diez: el granizo, las langostas, las tinieblas y la muerte de los primogénitos. Abramos la Biblia en Éxodo, capítulos 9 al 12.
Les recuerdo la idea que ha recorrido todo el estudio: cada plaga fue un enfrentamiento directo entre el Dios verdadero y los dioses de Egipto. Hoy lo vamos a ver con más claridad que nunca.
La séptima plaga: el granizo con fuego (Éxodo 9:13-35)
Leímos el pasaje completo. Dios manda a Moisés a presentarse temprano ante el faraón y le dice algo fuerte: «Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra». Después anuncia un granizo muy pesado, como nunca lo hubo en Egipto desde su fundación.
Fíjense en las expresiones que conviene subrayar: «granizo muy pesado», «tronar y granizar», «granizo y fuego». El texto repite la pareja de truenos y granizo, y cuando menciona los truenos deja de nombrar el fuego. Eso me hace pensar que el fuego no era líquido, que no caían gotas de fuego, sino que es una descripción casi poética de los rayos: una tormenta de tal magnitud que parecía fuera de control. Un granizo así podía matar a una persona o a un animal que estuviera a campo abierto.
Una advertencia misericordiosa. Dios le dice al faraón que recoja su ganado y todo lo que tiene en el campo. Algunos siervos del faraón temieron la palabra de Jehová y metieron a sus criados y animales en casa. Otros no se lo tomaron en serio y los dejaron afuera. Fíjense en la disyuntiva: si dejaban los animales en el campo, morían; si los guardaban, estaban reconociendo que la palabra de Dios se iba a cumplir. De cualquier modo, Dios salía victorioso.
¿Una contradicción? Los escépticos plantean un problema. En la quinta plaga murió «todo el ganado de Egipto». Entonces, ¿de dónde sale el ganado que hay que recoger ahora? Y los caballos: si murieron todos, ¿cómo persiguió después el ejército del faraón a Moisés con tantos carros? La respuesta está en el propio texto. En Éxodo 9:3 dice «tus ganados que están en el campo». La quinta plaga alcanzó a los animales del campo, no a los que estaban resguardados. Y no hay un dios del granero, pero sí un dios del campo, que supuestamente da alimento a las bestias. Nótese también que el texto habla de «todo» en el sentido de la totalidad de una categoría, no de cada animal que existía.
Gosén otra vez. Solo en la tierra de Gosén no hubo granizo. Y esto es lo llamativo. Gosén es el delta del Nilo, donde el río se abre en siete u ocho brazos antes de llegar al Mediterráneo, una zona pantanosa y muy húmeda. Es justamente el lugar donde con más razón debiera haber caído la tormenta. Quienes dicen que esta plaga era algo normal de temporada se encuentran con que el único lugar donde sí debió caer es donde no cayó.
El daño a los cultivos. El texto es muy preciso: el lino y la cebada fueron destrozados porque ya estaban espigados, pero el trigo y el centeno se salvaron porque eran tardíos y apenas estaban emergiendo. Es el detalle de un testigo que sabe de qué habla.
¿Qué dioses quedaron en entredicho? Esta es la primera de las tres plagas que vienen del cielo: granizo, langostas y tinieblas. Las anteriores tocaban la tierra y las personas. Estas tocan el cielo. Nut, diosa de la bóveda celeste; Shu, que sostenía el firmamento; Tefnut, diosa de la humedad; Osiris, dios de las cosechas y la fertilidad; y Set, protector de los cultivos. Cinco dioses quedaron al descubierto. Y el faraón, que era el dios encarnado y la suma de todos ellos, quedó avergonchado delante de todos. Para esta altura los magos ya habían renunciado. No había cómo replicar, frenar ni desviar lo que ocurría.
Una teoría que no cuadra. Hay un libro de Trevisanato, Las plagas de Egipto, que atribuye las plagas a la erupción del volcán de la isla de Santorini. Lo menciono porque ustedes lo van a escuchar en documentales. El problema es el calendario: esa erupción ocurrió hacia el 1600 a. C. y el éxodo, según la cronología que vamos a revisar más adelante, hacia el 1446 a. C. Hay más de cien años de diferencia. Además, el agua se convirtió en sangre cuando Moisés extendió la vara, no por la decantación lenta de ceniza y algas. La palabra que se usa para estas obras es semeia, «señal»: Dios toma elementos de la naturaleza y, con una orden, los reagrupa para producir lo que Él quiere. No los saca de la nada, pero tampoco son casualidad.
El faraón reconoce: «He pecado esta vez. Jehová es justo». Pero en cuanto cesan los truenos, vuelve a pecar. Dice las palabras, pero no cambia el corazón.
La octava plaga: las langostas (Éxodo 10:1-20)
Dios le dice a Moisés que entre a ver al faraón porque Él mismo ha endurecido su corazón, «para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto». Es decir, estas señales también son para las generaciones que vienen.
Moisés anuncia que mañana vendrán langostas que cubrirán la faz de la tierra y comerán lo que quedó del granizo. Mañana, no en oleadas lentas como suele ocurrir con las plagas naturales, sino de un día para otro.
Los consejeros se rinden. Esto es lo que más me llama la atención. Los siervos del faraón le dicen: «¿Hasta cuándo será este hombre un lazo para nosotros? Deja ir a estos hombres… ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido?». Ya no están intentando imitar ni contrarrestar. Ahora aconsejan al faraón que ceda. Me hace acordar de escenas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los consejeros no se atrevían a decirle a Hitler que Berlín ya estaba en el suelo. Aquí sí se atreven.
Una oferta a medias. El faraón negocia: que vayan solo los varones. Moisés responde que irán todos: niños, ancianos, hijos, hijas, ovejas y vacas, porque es la fiesta solemne de Jehová. El faraón los echa de su presencia.
Una plaga que todavía existe. Un viento oriental trae las langostas toda una noche y un día. Cubren la tierra, la oscurecen, y no queda cosa verde en árboles ni en hierba. La langosta del desierto es considerada la plaga migratoria más destructiva del mundo. Come su propio peso cada día. Un enjambre de unos dos kilómetros puede reunir hasta ochenta millones de ejemplares y consumir lo mismo que treinta y cinco mil personas en un día. La FAO sigue vigilando estas poblaciones hoy. Otra vez la diferencia no está en el insecto, sino en el momento: Dios sopla el viento del este, trae las langostas y luego sopla un viento fortísimo del oeste y las arroja al Mar Rojo. No queda ni una. Tiempo preciso, señal precisa.
Gosén y los graneros. Pitón, Ramesés y On, las ciudades de almacenaje, estaban todas en el delta, en territorio de los hebreos. Los israelitas no fueron tocados ni por el granizo ni por las langostas, y además tenían los graneros a su alcance. Imagínense lo que esto enardecía al faraón.
Hay también una tradición judía, en textos como el Shemot Rabá y Rashí, que dice que durante las tinieblas murieron los israelitas malvados que no querían salir, y que otros aprovecharon la oscuridad para ver dónde guardaban los egipcios sus utensilios. Es tradición rabínica, no texto bíblico, pero muestra cómo ese pueblo recordaba estos hechos.
El faraón pide otra vez: «Perdonad mi pecado solamente esta vez y orad a Jehová». ¿Cómo es que el dios encarnado le pide a los hebreos que oren por él? Es casi una derrota completa. Y al final, otra vez: Dios endureció el corazón del faraón y no dejó ir al pueblo.
La novena plaga: las tinieblas (Éxodo 10:21-29)
«Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe». Fueron tres días de oscuridad espesa. Nadie vio a su prójimo ni se levantó de su lugar. Parece un ayuno obligado: un país entero paralizado y encerrado. Pero en todas las casas de los israelitas había luz.
Algo sutil: la oscuridad de la plaga empezaba justo cuando la noche normal se retiraba, para mostrar que era mucho más intensa que una noche sin estrellas. Probablemente ni siquiera las lámparas funcionaban entre los egipcios.
Esto fue una afrenta directa a Ra, el dios del sol, el principal del panteón, de quien nacían la luz, el día y las cosechas. También estaban en juego Apofis, la serpiente del caos y la oscuridad; Osiris, señor del inframundo y juez de las almas; Anubis, dios de la momificación; y Ammit, la criatura que devora las almas impuras, mitad león, hipopótamo y cocodrilo, los animales más poderosos de Egipto. Nada de eso sirvió.
El faraón vuelve a negociar: que vayan, pero que dejen las ovejas y las vacas. Moisés contesta con firmeza: «No quedará ni una pezuña, porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir hasta que lleguemos allá». Entonces el faraón estalla: «Retírate de mí… el día que vieres mi rostro, morirás». Y Moisés responde: «Bien has dicho, no veré más tu rostro». El faraón quedó atrapado en sus propias palabras.
La décima plaga: la muerte de los primogénitos (Éxodo 12:29-36)
Llegamos a la última y más tremenda. A medianoche, Jehová hirió a todo primogénito en Egipto, desde el hijo del faraón que se sentaba en el trono hasta el del cautivo en la cárcel, y a todo primogénito de las bestias. «No había casa donde no hubiese un muerto». Y no solo en Egipto: dice «la tierra de Egipto», así que cualquier primogénito que estuviera pisando suelo egipcio, de la nación que fuera, murió esa noche. Rashí agrega un comentario lógico: donde no había primogénito, murió el que cumplía ese rol en la casa.
La Pascua. Esta plaga estuvo precedida por dos hechos: pedir a los vecinos egipcios alhajas de plata, oro y vestidos, y celebrar la Pascua. Dios ordenó marcar los dinteles de las puertas con la sangre de un cordero o cabrito de un año. Esa sangre era la señal: el ángel de la muerte pasaría de largo. Les pido que noten algo: hasta la novena plaga a los hebreos no les había tocado nada. Podían pensar que ellos estaban exentos. Pero aquí la única diferencia entre una casa hebrea y una egipcia era la sangre en la puerta. Y debían comer el cordero esa noche con pan sin levadura y hierbas amargas, vestidos, con sandalias puestas, listos para partir. Nada podía quedar para el día siguiente.
Tan rápido fue todo que el pueblo salió con la masa sin leudar envuelta en sus sábanas sobre los hombros. No hubo tiempo ni de lavar los platos. Y los egipcios, aterrados, les dieron cuanto pidieron: «Así despojaron a los egipcios».
¿Por qué los primogénitos? Veo al menos dos razones. Primero, Dios había advertido con nueve plagas, y el faraón en tres ocasiones había empeñado su palabra y se había arrepentido. Segundo, se revierte su propia sentencia: unos ochenta años antes, cuando nació Moisés, el faraón había ordenado matar a los varones hebreos arrojándolos al río. Nunca hubo un decreto que anulara esa orden. Ahora esa misma sentencia caía sobre sus propios hijos. Fue además un último golpe al faraón como dios encarnado, porque sin su primogénito se cortaba la línea de su estirpe.
Una frase que se repite. Éxodo 11:6 dice que habrá «gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca hubo ni jamás habrá». Es la misma expresión que usa Jesús en Mateo 24:21: «habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá». Yo creo que Jesús se refería a su muerte en la cruz, porque no hay día más terrible que aquel en que moría el Hijo de Dios. Lo de Egipto fue anticipo de eso: la muerte del primogénito, la sangre que salva, el cordero.
La rendición del faraón. Esa noche el faraón llama a Moisés y Aarón y ahora es él quien da las órdenes: «Levantaos y salid de en medio de mi pueblo, id, servid a Jehová, tomad vuestras ovejas y vuestras vacas, y bendecidme también a mí». Reconoce por fin la superioridad de Jehová. Y otra vez los dioses guardaron silencio: Selket, la diosa de la protección; Meskhenet, que presidía los nacimientos; Sobek, que personificaba el poder de los faraones; Renenutet, protectora del faraón; Osiris, dador de la vida; Hu y Maat, autoridad y orden; y Sekhmet, la diosa de la guerra que supuestamente escupía fuego contra los enemigos del faraón. Todos fueron juzgados y resultaron impotentes ante la señal del poder de Dios.
Preguntas y reflexión
Lo que observó un hermano. Los hechiceros llegaron hasta la tercera plaga; con los piojos ya no pudieron simular nada. Y en Éxodo 9:20 vemos que algunos siervos del faraón ya reaccionaban a la palabra de Jehová. El propio faraón, en 10:17 y 12:32, pide oración y pide bendición. Hay un reconocimiento de que existe un poder superior.
¿Dios endureció el corazón del faraón? Es una pregunta con mucha enjundia, porque se presta a un calvinismo estricto: si Dios endureció su corazón, entonces el faraón no tenía libertad y Dios lo obligó a tomar partido. No lo veo así. El faraón sí eligió, una y otra vez, y usó su poder para jugar contra el pueblo y contra Dios. Cuando el texto dice que Dios endureció su corazón, lo entiendo en el sentido de que Dios, en su gracia, le permitió seguir en su terquedad y cosechar lo que él mismo sembró. En cada plaga hubo una puerta abierta y el hombre no quiso cruzarla. Sus propios siervos lo prueban: ellos sí cedieron. Pablo habla de un corazón entenebrecido, y en 2 Tesalonicenses dice que Dios envía un poder engañoso a los que se complacieron en la mentira. Aun en el hombre perdido hubo una porción de gracia. No hay nada sin gracia.
¿Qué tan lejos estaba Gosén? Gosén no estaba lejos, porque era parte de Egipto. El Nilo recorre todo el país y, antes de desembocar en el Mediterráneo, se bifurca en varios brazos que forman el delta. Esa zona, en el Bajo Egipto, es la que se asignó a José y a su familia, y es donde vivían los hebreos. Esa zona no fue tocada.
Lo que quiero que recordemos
Diez plagas, y en cada una el mismo mensaje. Los dioses de Egipto, para el agua, la tierra, el cielo, el ganado, la salud, la luz, la vida y el trono, no pudieron hacer nada. Y el faraón, que era dios encarnado, terminó pidiendo oración y bendición a un pueblo de esclavos.
Pero también quiero que veamos la gracia. Los hebreos no se salvaron esa noche por ser mejores, sino porque obedecieron y pusieron sangre en la puerta. La Pascua fue la liberación de la muerte, la marca de un pueblo bajo la protección del Altísimo. Y todo esto apunta al Cordero que vendría, al Primogénito que moriría por nosotros.
Revisa el estudio completo y
no te pierdas ningún detalle
Ver estudio
Más estudios
Encuentra más estudios compartidos
en nuestra iglesia, inspirados en la Palabra de Dios.