Las plagas en Egipto – Clase 8

Éxodo – Bitácoras

Pastor Luis Herrera G.

La semana pasada repasamos tres de las grandes plagas que azotaron a Egipto, y hoy quiero recordarlas y avanzar con las siguientes. Estamos en el libro de Éxodo, entre los capítulos 7 y 9. Son diez plagas en total. Más adelante iremos descubriendo en qué fecha ocurrieron y quién era el faraón de entonces. Hay indicios en antiguos escritores como Manetón y en los relieves de los templos egipcios, pero son muy pocos. Los egipcios no dejaban registro de sus fracasos, y esto fue un fracaso: un golpe directo contra sus dioses. Por eso nuestra base es el registro bíblico, que es clarísimo.

Hay una idea que quiero dejar desde el comienzo y que nos acompañará todo el estudio. Cada plaga fue un ataque dirigido contra un dios o un grupo de dioses del panteón egipcio. Dios no estaba castigando al azar. Estaba demostrando quién es Él frente a todo lo que Egipto adoraba.

La primera plaga: el agua convertida en sangre (Éxodo 7:14 en adelante)

Todo comenzó por el Nilo, y no es casualidad. La vida de Egipto dependía de ese río, de sus cosechas, de su siembra, de su crecida anual. Heródoto, el gran escritor griego al que llamamos el padre de la historia, lo resumió en una frase célebre: Egipto es un don del Nilo. Si el río desaparecía, desaparecía el país.

Los dioses vinculados al agua y a la fertilidad quedaron en entredicho. Al convertirse el agua en sangre, se echó a perder un ecosistema entero: peces, insectos y todo lo que vivía del río. Imaginemos la mortandad y el ambiente enrarecido que dejó.

La segunda plaga: las ranas (Éxodo 8)

La crecida del Nilo ocurre entre octubre y diciembre, y es natural que en esa época proliferen los animales del río. Pero el texto bíblico deja claro que, aunque Dios use procesos de la naturaleza, quien los dirige, los acota y los controla es Él.

La rana no era un animal cualquiera para los egipcios. Se la asociaba con la medicina, con los partos y con la vida. El renacuajo nace y crece, y por eso la rana era símbolo de resurrección. Hay que recordar que los egipcios tenían cerca de cien dioses, casi todos con forma de animal. Incluso grandes y majestuosas ciudades llevaban nombres de animales, como Leontópolis o Cocodrilópolis. Que el animal sagrado se convirtiera en azote, humillado y repugnante, fue un golpe directo a su fe.

Hubo además una plaga de mosquitos, y entonces llegamos a la que quiero detenerme hoy.

La plaga de las moscas (Éxodo 8:20-32)

Leímos el pasaje juntos. Dios manda a Moisés a esperar al faraón junto al río, donde solía ir cada día a adorar, y le anuncia lo que viene: «toda clase de moscas» sobre el faraón, sus siervos, su pueblo y sus casas. Hay un detalle que me llamó la atención y que subrayé: el texto repite que son moscas «molestísimas». No es la mosquita que revolotea junto al sándwich en un picnic. Es toda clase de moscas, en un país de desierto con un río enorme que crece de tiempo en tiempo.

Las traducciones discrepan sobre qué insecto era. Algunas hablan de mosquitos, otras de escarabajos y otras de tábanos, y el hebreo admite cualquiera de ellas. Lo que sí sabemos es que era un insecto volador que, como dice el Salmo 78:45, devastó la tierra. El comentarista Constable describe cómo estos insectos se adhieren al cuerpo, especialmente a los bordes de los párpados. No solo torturan: desfiguran con las hinchazones de sus picaduras y matan las plantas donde depositan sus huevos. Esto ya no es una molestia. Es un problema real para las personas y para la economía.

Los incrédulos dicen que fue algo natural del río. Pero fíjense en lo que ocurre. Los magos de Egipto, que antes habían imitado algunas señales, ya no solo no podían replicar las plagas, tampoco podían quitarlas. Habían sido sobrepasados.

Dios distingue entre su pueblo y los egipcios. Esta es la primera vez que el texto lo anuncia con tanta claridad: «Yo apartaré la tierra de Gosén, en la cual habita mi pueblo, para que ninguna clase de moscas haya en ella». Gosén estaba en el delta del Nilo, una zona de pantanos y mucho verde donde los insectos podrían haberse multiplicado enormemente. Sin embargo, no tocaron a ninguno de los israelitas. Dios lo dice abiertamente para que sepan que Él interviene en la historia.

Detengámonos un momento a pensar en lo que sentirían los israelitas. En Egipto pululaban las moscas por todas partes, pero en Gosén no había ni una. Me imagino que se preguntaban: ¿quién es este Dios que no solo creó miles de millones de moscas, sino que las controla a todas? Yo no sé ustedes, pero cuando entra una sola mosca a mi casa me resulta casi imposible atraparla, y mucho menos controlarla.

Esta no es la única vez que vemos a Dios tomar el control sobre el mundo animal en favor de los suyos. Pensemos en Daniel en el foso de los leones, en Jonás y el gran pez, en Pablo en el naufragio de Malta, rodeado de peligros. Un hermano recordó también a los animales que entraron al arca. Dios no solo es todopoderoso, también es protector.

Nótese también la actitud del faraón. En medio de la plaga negocia: «Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra», es decir, dentro de Egipto, donde él seguiría teniendo el control. Moisés responde que no, que irán tres días de camino por el desierto. Entonces el faraón cede un poco, pero con una condición que me llama la atención: «Orad por mí». ¡Pide oración! Me hace pensar en esos hombres poderosos de hoy que piden que la iglesia ore por ellos y que luego siguen haciendo cosas terriblemente malas. Moisés ora, Dios quita las moscas sin que quede una, y el faraón endurece otra vez su corazón.

Pensemos también en lo que dice el texto: «la tierra fue corrompida a causa de ellas». ¿Cómo corrompen las moscas a una nación entera? Se comen lo sembrado, ponen huevos, arruinan los cultivos. Es la economía de las familias la que se deteriora. Qué tremendo que un insecto tan pequeño haya causado la ruina de un palacio y de una nación.

Esta plaga fue un golpe a dioses egipcios representados como moscas. Dios combatía la base misma de la creencia de todo un pueblo. Era casi una lucha de titanes.

La quinta plaga: la muerte del ganado (Éxodo 9:1-7)

Si las moscas dañaron los sembrados, la siguiente plaga golpeó algo aún mayor. Dios le da al faraón un plazo («mañana»), y al día siguiente murió el ganado de Egipto. Del ganado de Israel, no murió ni uno. El faraón lo comprobó personalmente enviando a verificar, y aun así su corazón se endureció.

Fíjense en lo que el texto enumera: caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con una plaga que llama «gravísima». Cada animal representa una parte de la economía:

  • Los caballos eran la fuerza de guerra. Tener caballos en esa época era como tener tanques hoy.
  • Los asnos cargaban mercadería. Perderlos es como una huelga de camioneros.
  • Los camellos transportaban personas por los grandes desiertos.
  • Las vacas daban leche, carne y alimento.
  • Las ovejas daban lana y abrigo.

Es decir, el país quedó paralizado. La alimentación, el abrigo, el transporte y las herramientas del ejército se vieron golpeados. En la mitad de las plagas, Egipto ya estaba en bancarrota, y quien lo provocaba era el Señor, para que el faraón entrara en razón. Y todavía no pasaba nada.

¿Murió realmente «todo» el ganado? Los escépticos dicen que no puede haber sido todo. Pero el texto precisa que fue el ganado «que está en el campo». La palabra «todo» se usa en la Biblia para indicar gran parte del conjunto o todos los de una categoría, como vemos en pasajes de Primera de Samuel y de Lucas. Probablemente algunos animales de los establos se salvaron, y por supuesto los de los hebreos no sufrieron daño alguno.

La ciencia y la fe. Los científicos han especulado sobre qué enfermedad pudo ser: la peste bovina, la lengua azul o la peste equina africana, algunas transmitidas por insectos. Estas enfermedades causan fiebre alta, diarrea y úlceras, y se propagan por contacto, secreciones y fluidos de los animales infectados. Es posible que la cadena haya comenzado con el agua contaminada, las ranas muertas y los animales en descomposición, que atrajeron insectos que luego contagiaron al ganado. Estudios sobre la mosca de los establos muestran que puede causar anemia y menor producción de leche en el ganado, que pica a los humanos y que transmite parásitos. La mosca doméstica, por su parte, se ha asociado con más de cien patógenos.

Nada de esto contradice el texto bíblico. Yo insisto: aunque haya una explicación científica de cómo se enfermaron los animales, jamás dejamos pasar que Dios es quien lo está provocando. En Chile, el SAG no deja pasar frutas, pieles ni animales por las fronteras para evitar contaminaciones. Imaginen una época sin esos resguardos: un animal enfermo podía causar una mortandad descontrolada. Pero lo que llama la atención no es que haya una plaga, sino su precisión: un plazo anunciado, ciertos animales afectados, y ni uno solo del pueblo de Dios.

Se cuenta además una tradición judía, recogida en textos como el Talmud, según la cual los hebreos, que tenían agua pura y ganado sano mientras Egipto se desmoronaba, llegaron a enriquecerse. Es un texto tradicional, no bíblico, pero ayuda a entender cómo el pueblo salió de Egipto con tanto oro, plata y ropa que los egipcios les entregaron casi a la fuerza la noche de la Pascua. Recordemos también que los israelitas vivían en el delta, en ciudades de almacenamiento como Pitón y Ramesés, una zona rica para la siembra y la cría de animales.

¿Qué dioses fueron derrotados? Los egipcios tenían una multitud de dioses ligados al ganado: Hathor, la diosa vaca, madre del faraón y símbolo del amor y la fertilidad; el buey Apis, el dios toro venerado en Menfis, a quien se consideraba encarnación viva de Ptah; Mnevis, el toro sagrado de Heliópolis, asociado a Ra; Bat, Buquis, y otros más. Fíjense que varios de ellos eran venerados precisamente en el territorio de los hebreos, y aun así ninguno pudo hacer nada por el ganado de los egipcios ni causar daño al ganado de Israel. Otra vez es una lucha de dioses, y otra vez se cumple lo que Moisés ya le había dicho al faraón: «para que conozcas que no hay como Jehová nuestro Dios».

La sexta plaga: las úlceras (Éxodo 9:8-12)

Esta plaga tiene un acto simbólico muy particular. Dios ordena a Moisés y Aarón tomar puñados de ceniza de horno, y Moisés la esparce hacia el cielo delante del faraón. La ceniza se convierte en polvo sobre toda la tierra y produce úlceras en hombres y animales. Los hechiceros ni siquiera pudieron presentarse delante de Moisés, porque ellos mismos estaban llagados.

Probablemente no hablamos de un simple salpullido externo. La úlcera, como sabemos, puede ser también interna y muy dolorosa. La versión Jünemann traduce «hollín de cocina», para aclarar el origen. Eran hornos de leña, de panaderías y cocinas, y de ellos salió el hollín que Moisés lanzó al aire.

Hay un símbolo notable aquí. Más adelante, en la Biblia, vemos que los devotos se echaban ceniza sobre la cabeza, con saco y ropa rasgada, como señal de extrema humillación delante de Dios, casi como un cadáver. En esta plaga, la ceniza se convierte en humillación para Egipto.

La plaga quedó grabada en la memoria de Israel. Deuteronomio 28:27 dice: «Jehová te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna y con comezón, de que no puedas ser curado». Y el versículo 35 habla de «maligna pústula en las rodillas y en las piernas, desde la planta del pie hasta la coronilla». No fue un malestar leve: fue algo que nadie pudo sanar. Ni los médicos ni los hechiceros pudieron contrarrestarlo. Y otra vez los hebreos quedaron libres de ella.

Las explicaciones médicas. Un informe médico que encontré, de una asociación de Estados Unidos que ha estudiado las diez plagas, propone que el hollín es una causa de dermatitis de contacto, y que las lesiones pudieron ser una dermatitis infecciosa causada por bacterias como el estafilococo o incluso el bacilo del ántrax cutáneo. Este último podría haber provenido de los animales muertos, haberse transmitido por mosquitos infectados y haber llegado a las personas. Se comenta también que la momia de un faraón de esa época muestra marcas de furúnculos en la piel, aunque eso es algo que habría que verificar con mayor detalle.

Lo más interesante es lo que subraya ese estudio: las plagas no son hechos aislados, sino una cadena de eventos. Cada una depende de la anterior: agua contaminada, ranas muertas, insectos, enfermedad del ganado, úlceras en las personas. Es muy probable que esta sexta plaga sea consecuencia de las anteriores. Pero ese orden y esa precisión, esa progresión con plazos anunciados y distinción entre egipcios y hebreos, es justamente lo que no se explica por casualidad.

Y otra vez, el blanco eran los dioses: Sekhmet, la diosa de las epidemias; Tot, dios del conocimiento médico; Isis, la diosa de la curación; Neftis, diosa de la salud; Imhotep, un médico divinizado. Todos ellos fueron incapaces de detener la epidemia.

Preguntas y reflexión: ¿cuánto duró todo esto?

Un hermano preguntó cuánto tiempo duraron las plagas. Hay plagas que habrían durado una semana, otras menos, quizás entre tres y diez días, con intervalos en que el faraón debía reaccionar y reflexionar. Varias veces Moisés lo encontró junto al río para anunciarle la siguiente. Se estima que todo el proceso duró entre cuatro y seis meses. Fueron tiempos precisos y relativamente cortos, con plazos claros. En dos ocasiones Moisés dijo «mañana a esta hora», y pasadas veinticuatro horas, la plaga caía. Parecía que Dios trabajaba con un reloj al lado.

Pero las secuelas fueron largas. Un animal no se reproduce en tres meses. Egipto probablemente tardó años en recomponerse, y con la muerte del primogénito del faraón, ya era toda una generación afectada.

Lo que quiero que recordemos

Hay dos enseñanzas que quiero dejarles.

Primero, el poder de Dios sobre todo lo que el hombre adora o en lo que confía. Egipto tenía dioses para el agua, la fertilidad, la medicina, el ganado, la guerra y la salud. Frente a la mano de Dios, ninguno pudo reaccionar. Y aun así, el corazón del faraón, embrutecido, no dejaba que el pueblo saliera a adorar al Señor en el desierto.

Segundo, el protector de los suyos. Los hebreos no fueron librados de las plagas porque fueran mejores que los egipcios. La plaga debió alcanzarlos a todos. Fueron guardados por una razón: de ese pueblo vendría el Mesías. Dios se comprometió a proteger a una nación, no por sus méritos, sino por causa de Aquel que un día vendría: Jesús. Recordemos al anciano Simeón, que al tener al niño Jesús en sus brazos dijo: «Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz». Hasta allí llegó el salvoconducto. Los hebreos estuvieron cubiertos hasta que llegó el cumplimiento del tiempo y Dios envió a su Hijo, nacido de mujer.

Fue por gracia y por misericordia, no por merecimiento. Y lo mismo vale para nosotros.

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